Rey pobre

Cuando a Mustafá le llamó el alcalde para decirle que sería la encarnación onubense del Rey Baltasar la extrañeza se mezclaba con la sorpresa de semejante honor para un inmigrante senegalés vendedor de baratijas por las calles de Huelva. ¿Lo de los reyes no era cosa de poderosos de hoy: cantantes, deportistas, constructores o políticos? Pero justo después llamó a su corte de pajes, vendedores todos de mercadillo, se vistió con extraños ropajes y se encaminó al Salón de Plenos del Ayuntamiento. Allí la cola de niños impacientes y asombrados aumentaba su amplia sonrisa al escuchar sus nombres, lo bien que se habían portado y esa lista de juguetes que a él se le antojaba larguísima. Como rey de la sencillez se reservó el regalo más especial, estar cerca de los que peor lo pasan: presos, ancianos, niños tutelados, y todos los desahuciados de este mundo. A esos ya los ha colmado, no de cosas, sino de ilusiones y de esperanzas. Justo lo que a él le sobra.

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Victor Rodríguez

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