Roberto el quiosquero

Roberto es quiosquero. Y el día que más le gusta es el Domingo, porque la vida es más espesa, la gente llega con menos prisa, con ganas de hablar. Además está la parafernalia de los coleccionables: recortar cupones, amontonar pelis, libros y suplementos en los brazos de los compradores. Roberto abre un poco antes de las nueve, y en esa hora temprana llegan los “tertulianos”, esos clientes que remolonean con cualquier excusa, que dejan pasar a otros clientes, que comentan en voz alta los titulares esperando que alguien les entre al trapo. A veces se organizan debates que van subiendo de tono y de tertulianos: el tipo con bañador que se va directo a la playa, pero que no puede resistir la tentación de rebatir al comprador del ABC sus teorías de la conspiración judeomasónica; la señora que viene de comprar churros, y que deja que se les enfríen con tal de contestar airada un comentario sobre el diálogo con los nacionalistas vascos. Roberto reparte prensa aquí y allá: el tiene sus opiniones pero se cuida muy mucho de exponerlas: el negocio es el negocio. Alguna vez interviene para evitar que las tertulias pasen a mayores con alguna broma deportiva, que nunca fallan. Y luego el Domingo se empieza a diluir, los tertulianos vuelven a sus quehaceres y su quiosco se reviste otra vez de rutina. El lunes y el martes los clientes serán los mismos, pero irán con prisas, se despedirán con un escueto gracias, y marcharán con su periódico bajo el brazo. Hasta el Domingo que viene.

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Gonzalo Revilla

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