ROMERO

Con la llegada de Francisco I al trono de Pedro, ha habido un aluvión de análisis sobre si asumirá los cambios que la Iglesia necesita, sobre si levantará el polvo que hay bajo los tapices de los salones donde cohabita la Curia. Y se miran con lupa todos sus gestos, palabras y símbolos. La gente necesita urgentemente que el máximo representante de la Iglesia le diga que va a estar al lado de los más necesitados, que los últimos será su prioridad, escuchar más palabras de misericordia que de condenación, en definitiva, que el pastor cuide y se preocupe por sus ovejas.

Y esa exigencia no siempre es fácil de aceptar cuando el movimiento
preponderante rara vez pretende que algo cambie, y raramente confiará en alguien que haga peligrar tanto poder y tanto privilegio. No es fácil estar en lo más alto y bajarse, porque una vez que estás a pie de calle tus sandalias se empiezan a manchar con el barro.

Francisco tiene un espejo de todo eso, el también americano Óscar Arnulfo Romero, que murió siendo arzobispo de San Salvador, y cuya opción preferencial por los pobres le costó la vida. Sí, él contaba con el boato y la reverencia que se le profesa en cualquier lugar, pero más en
Hispanoamérica, a miembros del alto clero. Pero poco a poco fue
entendiendo que no podía ser indiferente al sufrimiento de su pueblo,
porque ese pueblo era la mayoría. Y tuvo el valor para levantarse de la
mesa de las comidas en su honor ofrecidas en las haciendas de los
terratenientes y decir basta. Una vez que se levantó ya no se calló ante las violaciones de los derechos humanos y ante las víctimas de la
violencia política que desangraba su pequeño país.

Sí, los gestos son importantes, y, de momento Francisco ha renunciado a los ridículos zapatos rojos de Prada, al crucifijo de metales preciosos,
al latín, a los adornos y se ha bajado del papamóvil yendo a pecho
descubierto por la Plaza de San Pedro, tocando a enfermos y a niños.
Esperemos que no sea sólo un ademán, sino una convicción. En el camino podrá perder la vida (renunciando al cristal de su vehículo blindado) por el contacto con la gente. A esas alturas de su existencia, con 76 años, perder la vida por alguna clase de atentado es un riesgo menor, comparado con el de consumir su pontificado entre la cárcel de oro de los muros vaticanos, donde raramente se cuela el lamento de los excluidos. Perder la vida es justamente encontrarla, dijo Jesús.

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Victor Rodríguez

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