Rostro sospechoso

Hay cámaras de vídeo en el interior de museos, instituciones públicas, centros comerciales, oficinas y despachos, aeropuertos, estaciones de autobuses y trenes, en las calles, captando los avatares del tráfico o pendientes de lo que sucede en la puerta de los cajeros y bancos… A mí siempre me queda la esperanza de que tanta cámara no sirva de mucho porque no hay tanto personal como para estar pendiente de lo que están captando. Como sucede con el noventa por ciento de las fotos que se toman con las cámaras digitales, la mayor parte de lo que captan esos aparatos pasa totalmente inadvertido. Pero resulta que ya están desarrollando una aplicación informática que, según palabras de su autor, “continuamente y sin que nadie se de cuenta, focalizará las caras y permitirá buscar datos de personas consideradas sospechosas”. El problema, para mí, no es sólo que cada vez queden menos espacios privados. El problema es, además, el concepto de personas sospechosas. ¿Cual es el rostro sospechoso?, ¿el rostro pálido o el rostro oscuro?, ¿el del melenas o el del rapado?, ¿el del mendigo o el del ejecutivo?, ¿el del uniformado o el del desconjuntado? Aceptamos de buen grado estos inventos porque, se supone, garantizan nuestra seguridad. Yo creo que lo único que se consigue es que perdamos intimidad. Y no: no ganamos seguridad. (proyecto@dosorillas.org)

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Gonzalo Revilla

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