¿Saben los niños jugar?

El juego es una actividad que requiere un aprendizaje. De la observación directa de niños y niñas jugando, concluimos que la capacidad de jugar, que no es innata, se está perdiendo entre los niños del ámbito urbano.Según J. Piaget, «el juego tiende a construir una amplia red de dispositivos que permiten al niño la asimilación de toda la realidad, incorporándola para revivirla, dominarla y compensarla». Así que es cierto que el juego cumple una función cognitiva, permite que los niños aprendan al jugar. Hasta aquí nada nuevo.

El problema reside en que como casi toda actividad humana, sobre todo las que van a producir un aprendizaje, requiere un esfuerzo. Además el juego, por su propia naturaleza, requiere la aceptación libre y respeto de sus normas. En resumen, que a jugar también hay que aprender. Hasta aquí nada nuevo.

Trabajo en lo que se llama educación no formal. Una parte de mi trabajo consiste en proponerles juegos o en facilitar las condiciones para que jueguen. Desde hace un tiempo me dedico a observar el juego infantil, cuando éste no es dirigido (recreos, comedores, ludotecas, en la calle).

Mi conclusión es que los niños ya no aprenden a jugar. En los recreos la actividad que más adeptos tiene, y más recursos y espacio ocupa, es el fútbol. El que no juega al fútbol, mayoritariamente niñas, deambula por el patio, sin un fin preciso. Y cuanta más edad tienen más inactivos permanecen.

Por las tardes trabajo en un programa de Educación compensatoria. El recurso principal es el ordenador (todo se soluciona con tecnología, se supone). Para que la actividad no se convierta en una academia de ofimática ni en un cibercafé, procuro medir las dosis de aprendizaje de utilidades informáticas, Internet y juegos. De este trabajo, en el que llevo tres cursos, me sorprende la facilidad con que se aburren los niños, así como lo poco que les sorprenden las cosas. Nunca han tenido los niños tantas opciones de ocio: ludotecas, escuelas de verano y Navidad, bibliotecas bien dotadas y con actividades complementarias, actividades extraescolares en el propio centro, escuelas deportivas, canales y más canales de televisión,…. Y sin embargo todo les aburre. Una generación de niños insatisfechos.

Una de las cosas que enseñan los juegos es la necesidad de respetar límites. El juego implica unos límites temporales, espaciales y normativos. Valga como ejemplo una partida de ajedrez, un partido de baloncesto o una baza de escondite inglés. En todos los casos hay un espacio acotado, una duración más o menos determinada, unas normas claras. Límites.

Y junto a las carencias lúdicas y el aburrimiento, otra cosa que he notado en los niños es, precisamente, la carencia de límites. Y no sólo a esos límites que le gusta tanto a la pedagogía conservadora, identificando límite con sometimiento del niño. También se da una carencia de límites en la alimentación de los niños (nunca se han vendido tantas golosinas como ahora), la ropa y el calzado de marca, el uso de tecnologías, el consumo de televisión, la carencia de un horario razonable,… Una consecuencia de ello: la hiperactividad, el trastorno de moda. Si bien es cierto que se abusa de este diagnóstico, lo cierto es que se ha producido un elevado crecimiento del número de niños hiperactivos en las unidades de psiquiatría infantil.

Otra consecuencia de la carencia de límites: la desaparición del pensamiento creativo entres los niños. Si el juego es dirigido o no hay juego, si los juguetes no permiten más uso que el que pone en las instrucciones, si el principal referente cultural del niño es la televisión, si en definitiva son meros consumidores y nunca protagonistas, como van a desarrollar habilidades creativas. Y por creatividad no me refiero a la expresión artística, si no a ser capaces de ver las cosas desde otra perspectiva, a buscar soluciones innovadoras a los problemas que les surjan, a salir de la rutina con propuestas originales. Es precisamente la presencia de límites lo que obliga a ser creativos. Los juguetes de los niños africanos sirven de prueba.

Jugar implica tomar decisiones: ¿piedra, papel o tijera? Si el niño no desarrolla la capacidad de jugar, cómo esperamos que sea una persona autónoma.

Podríamos seguir un largo rato: solidaridad, cooperación, empatía, autoestima,…

El juego, como la risa tiene algo de subversivo. Volviendo a lo dicho por Piaget, el juego permite conocer la realidad, dominarla, compensarla. Mal asunto para el sistema económico si los desfavorecidos por él aprenden, desde pequeños, a conocer, dominar y compensar la realidad. Quizás el aburrimiento, como la tristeza, son más útiles a los poderosos.

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Dos Orillas

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