Sáhara nuestro

Que muchos españoles se sienten en deuda con el Sáhara se manifiesta en
las muestras de compromiso y apoyo, de muy diversa índole que
constantemente se organizan, la mayoría además gestionadas por
asociaciones, plataformas o federaciones. Sin embargo no ha habido poder
político español que haya conseguido ser lo suficientemente firme con las
ansias del pueblo saharaui de poder construir, de una vez por todas, un
Estado propio, siempre capoteando la presión popular con ambiguas
declaraciones en el seno de la inoperante ONU. En realidad todos han
querido mantener el status quo para no llegar a una verdadera solución.

Pero en el último año ni siquiera el status quo está garantizado, ha
habido movimientos extraños y siempre perjudiciales a los intereses
saharauis: el secuestro de los cooperantes en Tindouf, la circular
consular instando a la evacuación urgente de todos los españoles presentes
en los campos de refugiados, con la parafernalia del avión militar de
regreso incluido, la inestabilidad energética de Argelia (tradicional
contrapeso a las aspiraciones marroquíes), o la guerra en Malí. Todos
ellos, acontecimientos que arrinconan al pueblo saharaui por la
arrolladora lógica trasnacional de los intereses económicos energéticos o
la sacrosanta guerra contra Al-Qaeda, razones lo suficientemente poderosas
para que a muy pocos les importe la suerte de un grupo de personas que se
tuvieron que ir de su tierra y viven sin nada en mitad del desierto.

Yo estoy convencido de que la pobreza es la principal forma de ejercer la
violencia, y que, si la mayor parte de las gentes de este mundo tuvieran
lo suficiente para llevar una vida digna, se acabarían muchos de los
conflictos actuales.

Y por el camino, la sociedad organizada, que sigue acogiendo niños en
verano, devolviendo las visitas, o como esta última iniciativa; Caravana
andaluz por la paz al Sáhara de recogida de alimentos no perecederos. Y es
que, no se nos puede olvidar que, a pesar de la situación internacional, y
la incapacidad de llegar a un acuerdo justo, treinta y ocho años después,
están las personas, sí esas que tienen que comer todos los días, esos
niños que necesitan educación y, en general, ese pueblo que, si fuera
tratado como individuo, ya hubiera caído en la depresión más profunda, al
saberse desposeído de lo que es suyo, con el beneplácito de quien le debió
haber dejado un mejor legado de despedida.

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Victor Rodríguez

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