Salud mental

Angel pasea con su sonrisa por los pasillos del Instituto. Apenas si es capaz de articular alguna palabra, a lo sumo algún sonido gutural. Cuando se cruza con alguien cnocido corre hacia él y le da una palmada en la espalda o le abraza efusivamente y ríe, ríe siempre. En las clases de apoyo, Ángel ha aprendido a distinguir algunas palabras, a escribir su nombre, a asentir o negar con la cabeza cuando se le hace alguna pregunta, a sumar sin llevada y a restar, a dibujar para expresar lo que quiere decir. Sus compañeros le quieren, juegan con él en el recreo y le gastan bormas y Ángel ríe, se ríe siempre. Ángel ha tenido suerte, si hubiera nacido hace cincuenta años, hubiera estado recluido en un Centro Psiqiátrico y no hubiera aprendido a relacionarse con los demás. La integración le ha hecho sentirse persona, aprender cosas, sentirse querido. Disfruta jugando a la pelota, paseando por los pasillos, comiéndose el bocata de tortilla en los recreos. El próximo año, además, Ángel irá a un Centro de formación ocupacional para “enfermos psíquicos” y podrá aprender en los talleres a encuadernar libros, a hacer muebles, a valerse por sí mismo y seguirá iluminando la vida con esa sonrisa que no pierde, que es una risa abierta a la integración, a la ternura, a la amistad, a la solidaridad.

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Dimas Haba

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