Sanidad pública

Hola todas y todos.

A mí me caía bien Ernest Lluch, que fue ministro de sanidad entre 1982 y 1986. Me gustaba porque se notaba que no era un político profesional, de aparato de partido, sino una persona que, además de ser catedrático de economía, cinéfilo, lector, melómano… sentía la política como un servicio a los demás. No había hecho una carrera profesional dentro del PSOE y no se mantuvo en cargos importantes pasase lo que pasase.

Y se me caía bien, además, fue porque impulsó la Ley General de Sanidad. Una Ley avanzada. justa. Ley que hablaba de prevención, de educación para la salud, de universalización… A modo de ejemplo, los enfermos mentales dejaban de ser carne de manicomio y pasaron a ser tratados en los Hospitales Generales y a recuperar (al menos sobre el papel) su condición de ciudadanos.

Esta Ley se complementó el pasado mes de septiembre con la Ley General de Salud Pública. Ley que, entre otras cosas, universaliza la atención sanitaria a todas las personas. Hasta ahora un sin papeles o un desempleado acababan perdiendo el derecho a la atención sanitaria. Había que gestionar una tarjeta de persona “sin recursos”, que implicaba algo más de papeleo y una caducidad anual para la tarjeta sanitaria. En el caso de los sin papeles que carecían de cualquier documentación, no se podía gestionar una tarjeta sanitaria. Con suerte, y en Madrid, se podía gestionar un documento de asistencia sanitaria, con una validez de tres meses.

Alguna autonomía ya ha comenzado a recortar en sanidad. Y parece que se anuncia una Ley que regule cuales son las prestaciones de la sanidad pública. Hay, desconfiados ellos, quienes temen que la redacción de esa Ley en tiempos de crisis conlleve un tijeretazo.

La salud, como derecho, no aparece hasta después de la Segunda Guerra Mundial.:

“En la inmediata posguerra, La Organización de la Naciones Unidas empieza a proponer grandes programas sanitarios mundiales, a través de una institución creada formalmente en 1948: la Organización Mundial de la Salud. Entonces se impone una idea distinta de la salud: se trata de un derecho, tal como lo estipula la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada ese mismo año. En el Norte se desarrolla la cobertura social de riesgo por enfermedades. En el Sur, la disminución de enfermedades infecciosas y respiratorias se debe en gran parte a las estrategias de vacunación de la OMS”.

El párrafo anterior está sacado del artículo “El progreso sanitario, fruto de las conquistas sociales”, publicado dentro del “Atlas histórico” de {Le Monde Diplomatique}.

Termina el artículo: “El siglo XX se cierra con una esperanza de vida que ha aumentado casi en todo el mundo. Pero, en un contexto de individualización de la salud, entendida como un producto, y de replanteamiento de los sistemas colectivos de protección social, los progresos se revelan frágiles. Tras la disolución de la URSS, las privatizaciones masivas y la desorganización social se han traducido en un aumento brutal de la mortalidad y en una importante disminuyó de la esperanza de vida”.

Un sistema público de salud, universal, bien financiado, bien gestionado, parece ser la mejor manera de reducir la mortalidad y la morbilidad.

Recomendable lectura (habrá quien diga que no es una lectura católica) la del capítulo 6 del libro “Jesús. Una aproximación histórica”, de Juan Antonio Pagola. El capítulo, titulado “Curador de la vida”, comienza así:

“El poeta de la misericordia de Dios hablaba con parábolas, pero también con hechos. Los campesinos de Galilea pudieron comprobar que Jesús, lleno del Espíritu de Dios, recorría sus aldeas curando enfermos, expulsando demonios y liberando a las gentes del mal, la indignidad y la exclusión. La misericordia de Dios no es una bella teoría sugerida por sus parábolas. Es una necesidad fascinante: junto a Jesús, los enfermos recuperan la salud, los poseídos por el demonio son rescatados de su mundo oscuro y tenebroso.
Él los integra en una sociedad nueva, más sana y fraterna, mejor encaminada hacia la plenitud del reino de Dios”.

Para los que somos cristianos, la cuestión de la promoción de la salud no es cuestión baladí: “Reunió a los doce, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y de curar enfermedades, y los envió a predicar el reino de Dios y a curar a los enfermos” (Lc 9, 1-2).

Un saludo.

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Dos Orillas

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