Seguridad y viceversa

La seguridad privada es uno de esos “mercados emergentes”. La presencia de guardias de seguridad en tiendas, centros educativos, administraciones y todos tipo de espacios públicos y privados se ha ido haciendo habitual, aparentemente irrenunciable en muchos casos. El miedo (lo hemos dicho otras veces) es un negocio fabuloso: una persona asustada es un cliente potencial para este mercado. Por eso, la inseguridad es, antes que una realidad, una construcción social. Las cifras hablan solas: el aumento de seguridad privada no es paralelo a una mayor seguridad real, ni por supuesto a una mayor “sensación” de seguridad. La delincuencia crece, sin importarle, aparentemente, el carísimo blindaje social. Hablemos claro: no hay más delincuentes porque haya menos portones, ni viceversa; no hay menos robos porque haya más seguratas, ni viceversa. La delincuencia (hablamos de esa pequeña delincuencia que pretende evitar la seguridad privada) es fruto de la desigualdad, de la falta de oportunidades, de la exclusión de la sociedad del bienestar. Afrontar eso es mucho más eficaz y económico que blindarnos indefinidamente.

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Gonzalo Revilla

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