Semillas que matan

En medio de una oleada de movilizaciones globales recientes, algunas siguen estando ¿deliberadamente? silenciadas. Casi nada se ha dicho, por ejemplo, de las manifestaciones que han tenido lugar hace poco en las calles de 52 países en contra de Monsanto, el principal fabricante de semillas transgénicas del mundo. La aparición de trigo modificado genéticamente en campos de Oregón, sin que nadie sepa cómo esas semillitas prohibidas han llegado hasta allí, ha hecho saltar las alarmas en los mercados agrícolas internacionales y en la opinión pública mundial. La Unión Europea se ha puesto en jarras y “vigila estrechamente”, dice, el trigo que llega de fuera.

La verdad es que a Monsanto le importan bien poco las trabas jurídicas o comerciales que pueda ponerles Europa, y hasta su propia mala reputación. Mientras aquí se repliega (aunque eso sí, mantiene su solicitud de patentes de semillas transgénicas en la UE) la compañía crece desmesuradamente por otros mercados asegurándose ingentes beneficios: está a punto de introducirse en China y es la dueña de millones de hectáreas en toda Latinoamérica, donde produce su soja o su maíz transgénicos, a prueba de pesticidas que por supuesto también fabrica ella misma; incluso se dice que la multinacional no es ajena a calculadas operaciones políticas que ponen y quitan presidentes en países supuestamente democráticos (véase lo sucedido en Paraguay). Sus tentáculos no nos quedan lejos: en España y Portugal ya le hemos permitido el cultivo de maíz transgénico, así que contribuimos modestamente a sus millonarias ganancias en todo el mundo. Por supuesto, Monsanto controla hasta lo que se escribe sobre ella: también este pequeño artículo, no les quepa duda.

Ya es penoso que una trasnacional se llene los bolsillos a costa de miles de campesinos y pequeñas cooperativas agrícolas, que no pueden de ningún modo competir en un mercado que favorece a las grandes corporaciones. Pero no es sólo eso. Esas cartas marcadas desbaratan por completo el concepto de soberanía alimentaria, un derecho que va cobrando fuerza pero que es tan viejo como el mundo: que los pueblos tengan derecho a decidir sus sistemas agrícolas y alimentarios y a producirlos de forma sostenible. Que los consumidores, al menos, sepamos lo que comemos, que no es mucho pedir. ¿Podemos estar seguros? El trigo de Oregón se mece mansamente sin que nadie sepa qué mano lo plantó.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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