Simplicidad voluntaria

Frente a las medidas de austeridad que nos aconsejan-imponen desde las élites políticas nacionales y europeas, surge de la base de la ciudadanía una reflexión. Una conclusión que nace del análisis de la trayectoria que como sociedad de consumo arrastramos. El movimiento de Simplicidad Voluntaria propone una apuesta libre y personal por la vuelta a un estilo de vida más sencillo.

¿Motivos para esta propuesta? Muchos. El primero y más importante es que no es verdad que vivamos en un mundo con recursos ilimitados. Nuestro mundo tiene un tope y al ritmo que llevamos desde la revolución industrial, no va a poder mantenerse por mucho más tiempo. Segundo, es que al ser un planeta con recursos finitos toda cara conlleva una cruz. Hasta ahora la cruz de las abundancias y los derroches de los países ricos se ha llamado muy desacertadamente subdesarrollo. Ahora empieza a llamarse pobreza nacional y local, yo prefiero llamarlo la vuelta a la tortilla.

No olvidemos que en la historia de los países capitalistas las medidas de austeridad han resultado ser soluciones pescadillas: cuando crees que estás llegando al fin reapareces en el principio del problema. El caso es que el movimiento de simplicidad voluntaria cuestiona que a la acumulación de dinero y posesiones se le pueda llamar calidad de vida y desarrollo, por el contrario defiende que calidad de vida es aquella que está centrada en vivir al máximo en conformidad con los valores personales y no por las tendencias sociales. Un estilo de vida que no perjudique a los más débiles, ni ponga en peligro la calidad de vida de las generaciones futuras. Es decir, establecer un estilo de vida donde nuestras necesidades reale (alimentación, salud, educación, afectividad, apoyo y relación social, acceso a la cultura, calidad ambiente…) estén cubiertas sin depender de la pobreza de nadie.

Uno de los principios al que nos invita la Simplicidad Voluntaria es a “abandonar toda posesión y actividad incompatible con nuestros valores más profundo”. Es una cuestión clara y de lógica, se trata simplemente de establecer una coherencia entre nuestros ideales, principios, fe, utopías,… y nuestros actos. De ello depende el equilibrio necesario para poder sentirnos realmente satisfechos con nuestra vida. En definitiva es eso de apostar por vivir como pensamos para no terminar pensando como mal vivimos.

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Carmen Murillo

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