Solidaridad cosmética

En Navidad se dispara el consumo de polvorones, mazapanes… y solidaridad. No serían iguales estas fiestas sin esas llamadas benévolas a la sensibilidad colectiva, a los deseos de la gente de hacer el bien y palparlo alrededor. Es el momento de la ética como parte de la cosmética navideña. Ya estamos acostumbrados a este manoseo moral, las luces de colores adornando las calles y las lucecitas de la caridad hermoseando los corazones. A estas alturas nadie discute ese marketing del buen corazón, de tan eficaces resultados para cadenas de televisión o radio, instituciones políticas y financieras. Mezclamos con apabullante frivolidad el desenfreno consumista con las terribles realidades de niños de la India, damnificados por el último huracán o, ya en versión local, ancianos del asilo y chavales de la Ciudad de los Niños. No, no me resigno a esta simulación indecente, porque sé que hay gente que tampoco la comparte. Gente que trabaja durante el año para paliar en la medida de sus modestas posibilidades el sufrimiento de los demás. Gente que no ve los telemaratones, no asiste a galas benéficas pero que siente como propio el sufrimiento de los otros, y, sin publicidad, trabaja por un mundo más fraterno. Quizás su comportamiento no sea muy navideño. Pero al menos, nos hace más humanos.

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Dimas Haba

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