Solidridad cosmética

En Navidad se dispara el consumo de polvorones, cava… y solidaridad. No serían iguales estas fiestas sin esas llamadas benévolas a la sensibilidad colectiva, a los reprimidos deseos de la gente de hacer el bien y palparlo alrededor, a poder ser adornado con lacrimógena emotividad. Es el momento de la ética como parte de la cosmética navideña. Ya estamos acostumbrados a este manoseo moral. A estas alturas nadie discute ese marketing del buen corazón, de tan eficaces resultados para cadenas de televisión o radio, instituciones políticas y financieras. Mezclamos el desenfreno consumista con las terribles y dolientes realidades de los ancianos del asilo o los chavales de la Ciudad de los Niños. No me resigno a esta simulación indecente, porque sé que hay gente que tampoco la comparte, que trabaja durante el año, y no sólo en estas fechas, para cambiar, o paliar el sufrimiento de los demás, que no asiste a galas benéficas pero que siente como propio el sufrimiento de los otros, comparte tiempo y bienes, y, sin publicidad, trabaja por un mundo más fraterno. Quizás su comportamiento no sea muy navideño. Pero al menos, nos hace más humanos

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Dimas Haba

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