Sombras troceadas

En la esquina de la calle Jabugo con Galaroza, junto a la Iglesia del Rocío, están arreglando la acera. Eso sería genial, de no ser porque el proyecto incluía la tala del árbol que sombreaba aquella esquina. Como aquí no tenemos baronesas, pues todo es más fácil: motosierra y a despiezar. Aquí los árboles sólo sobreviven mientras son jóvenes, aferrados a esos palos que les colocan, esmirriados y sin hojas. Pero, ay, en cuanto crecen y empiezan a dar sombra, llega algún técnico del ayuntamiento y decide que nada de sombras, y llama enseguida al de la motosierra, y el de la motosierra acude y corta entusiasmado el tronco y lo trocea, y luego dejan un pequeño hueco en la acera, y alguien coloca allí un arbolito esmirriado y sin hojas, que crecerá y recibirá algún día la visita de otro técnico, y de otro señor con motosierra. Y vuelta a empezar. Todo milimétricamente absurdo. Esta es una ciudad en la que el calor suele apretar gran parte del año, y en la que las zonas de sombras son anecdóticas. Sin embargo los árboles se talan con una alegría que asusta. Debería existir (¿existe?) alguna normativa municipal que vigilara y cuidara de los árboles, que impidiera su tala, que los censara, que defendiera en particular aquellos ejemplares centenarios, que cuidara su salud. No creo que sea tan costoso. Lo cierto es que ninguno de los que estamos leyendo este artículo podremos disfrutar ya más de la sombra de la esquina citada. Nuestra convivencia con lo verde resulta penosa, una vez más.

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Gonzalo Revilla

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