Son hijas e hijos del viento

No la conozco mucho, suelo cruzarme con ella cada vez que voy y vengo al trabajo, y de tanto verla se me está haciendo cada vez más familiar. Ella es emblemática de las calles de Huelva, aunque a causa de la guasa y la broma, a estas alturas para la mayoría es mucho más personaje que persona.

En los días más fríos de este excesivamente largo invierno que estamos teniendo, a veces ha tenido la suerte de resguardarse. Hace aproximadamente un mes de pronto una mañana apareció con los ojos hinchados, con heridas por la cara y apenas le salía la voz del cuerpo, estaba empapada y una de las botas las llevaba forrada de bolsas de plástico. Y en ese momento eché de menos su radio, ella va siempre con una pegada al oído. El caso es que a medio día cuando volvía a casa, la vi con ropa seca, comía un guiso de patatas que una vecina le había dado y llevaba otros zapatos distintos.

Y lo dicho, de tanto verla me hace cuestionarme y reflexionar sobre nuestra identidad colectiva. Porque están los que luchan todos los días con uñas y dientes para poder salir de las calles, pero también están los que a la altura de no tener nada que perder, ni siquiera la cordura, en las calles es el único lugar donde puede llegar a encontrar algo, se convierten en hijos del viento, imposibles de domesticar porque solo al viento obedecen.

Estas personas y sus circunstancias también forman parte de nuestro entramado social. La situación en la que vivan puede hablar de la precariedad de nuestras políticas sociales, pero la forma en la que nos relacionamos con ellos es la que habla de la calidad humana de una ciudadanía concreta. Y es que en estos tiempos que corren donde las políticas sociales están retrocediendo a pasos agigantados hasta los tiempos de las caridades mal entendidas, urge que sea la ciudadanía la que responda con pancartas pero también con gestos de fraternidad. Para ello no se requiere mucho y está al alcance de los bolsillos de cualquiera, solo hace falta un alto grado de humanidad, cierto respeto hacia la persona que se esconde tras la circunstancia, algunos detallitos cariñosos (un café, algo de comida, ropa de abrigo, una sonrisa, una charla, quizás una radio…) y poco más.

Hoy la he vuelto a ver a ella por el barrio de Isla Chica y de nuevo llevaba una radio pegada al oído, bailaba y se movía al son de la música, todo lo que su debilitado cuerpo le permitía. Yo he disfrutado al verla, creo que esos momentos pese a todo han de ser sus momentos de felicidad.

The following two tabs change content below.

Carmen Murillo

Latest posts by Carmen Murillo (see all)

You may also like...

Deja un comentario