SOS: sálvenos o sufriremos

DESDE pequeños, una de las cosas que aprendemos antes y nos trasmitimos unos a otros es que la señal SOS en el código morse se utilizaba en los barcos como llamada de socorro. Esta señal se utiliza desde principios del siglo XX, a nivel mundial, para pedir ayuda y cuando alguien hace uso de ella sabemos que es un grito de desesperación.

Con el tiempo se le acuñaron varios significados para que fuese más fácil memorizarlo. De entre las numerosas definiciones las que más me llaman la atención, aunque no sean las más populares, son “sálvenos o sepúltenos” y “sálvenos o sufriremos”.

Justo este último grito es el que lleva saliendo desde la plaza de Taksim (Estambul) desde hace 5 días. Un grito de socorro que intenta ser acallado a la fuerza mediante represión policial y, a nivel mundial, mediante el silencio y una cobertura pobre, mediocre y manipulada.

Todo comienza con una acampada pacífica en uno de los pocos espacios verdes que quedan en la ciudad y que el Gobierno quiere convertir en un centro comercial. El primer ministro del país no sólo no rechaza las acusaciones, sino que además se escuda en el hecho de haber sido elegido democráticamente para justificar sus órdenes de atacar. Según sus palabras, los antidemócratas son las personas que permanecen en las calles de las principales ciudades turcas, haciendo uso de su derecho a manifestarse pacíficamente.

El grito es del pueblo al pueblo, piden ayuda a través de internet para que se sepa qué está sucediendo. Van ya dos muertos, 1.700 detenciones y poca información. Piden auxilio y habría que escucharles porque esto sólo son las orejas del lobo: todos los supuestos países democráticos estamos en la misma situación de peligro, la bestia globalizadora se ha despertado y busca atacar. Nos hemos dejado convencer de que democracia es echar un papel en una urna, y que después podremos seguir a lo nuestro.

Y ahora empezamos a entender que lo que en realidad significa es responsabilidad y protagonismo político. Pero esa bestia globalizadora disfrazada de absurda democracia quiere impedir que ejerzamos ese derecho.

Por eso debemos escuchar el grito de cualquier pueblo, por muy lejos o muy cerca que esté, crear nuestras propias vías de comunicación y hacernos fuertes en la base. Porque quién nos dice que ese grito que nos llega del país transcontinental no sea un aviso, un eco adelantado de lo que nosotros vamos a vivir.

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Carmen Murillo

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