Soy un radical

Si frenar un contrato con una empresa de telefonía móvil con un conflicto laboral abierto por explotación laboral es radical, yo soy un radical. Si una de las primeras medidas que toma un gobierno municipal es hacer un censo de personas que viven en la calle para poder articular medidas con las que solucionar su problema es demagogo, llámenme demagogo sin problemas. Si a asambleas vecinales donde se discuten los problemas del barrio y cómo solucionarlos se les llama soviets, bienvenidos sean los soviets. Si el desalojo democrático de ediles y parlamentarios involucrados en casos de corrupción es bolivarismo, a lo mejor lo de Venezuela no está tan mal. Si arrebatarle pisos vacíos a especuladores de diverso tipo para entregárselo a familias que no tienen vivienda es “el caos”, ojalá “el caos” se extienda más allá de Madrid o Barcelona. Si hacer un plan de movilidad en el que se priorice la bicicleta y el transporte público es motivo de risa, llámenme chistoso o incluso payaso, si eso les gusta más. Si querer reducir la brecha entre ricos y pobres es iluso, lo tengo claro, soy un iluso. Si montar un plan de choque para reducir el paro y la pobreza es propio de terroristas, me siento confuso, ¿soy un terrorista? Si auditar la deuda de los ayuntamientos para comprobar qué ha pasado ahí es irresponsable, tendremos que pedirle a nuestros políticos que sean más irresponsables. Si acabar con los privilegios de nuestros representantes municipales es una “majadería”, soy un majadero. Si frenar e incluso revertir el proceso de privatizaciones de servicios públicos es una atrocidad, espero que ocurran muchas cosas atroces. Si bajar el sueldo de los políticos es una extravagancia, que vengan muchas rarezas y personajes exóticos a gobernar nuestras instituciones.

El insulto y la descalificación por parte de ciertos sectores a propuestas que han sido respaldadas por gran parte de la ciudadanía ha resultado ensordecedor, y no para. Recuerda aquella derrota electoral del partido que ahora mismo gobierna y que alentó teorías cospiranoides que todavía hoy resuenan en ciertas tertulias televisivas en las que la mentira descarada queda, tantas veces, impune. Y yo, qué quieren que les diga, que si disfrutar de la ilusión que desprenden propuestas profundamente transformadoras y de este viento de aire fresco que parece entrar en las instituciones es radical, pues eso, llámenme radical.

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Javier Rodríguez

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