En medio del bullicio del chiringuito, la pandilla de Jorge se hace notar: hablan a voces, ríen a carcajadas, refuerzan su identidad en esa masa ruidosa. Se suman colegas al abrazo placentero de la arena y el agua, después se reúnen en la sombra acogedora del chiringuito de Tomás, y en la noche brindan a la luna y charlan sobre música, proyectos, malos rollos, sexo o amores. Organizan un botellón o van de copas cuando tienen pasta; por la tarde van al centro comercial o a la playa, no hay muchas alternativas. Alguna chica del grupo ha tonteado con las pastillas los días de discoteca. A Jorge le producen curiosidad pero no pasa de algunos resacones, con eso ha tenido bastante. En el estrecho mundo de esta pandilla también entra el viento de fuera: a veces hablan de la gente que no tiene sus posibilidades, como ese camarero inmigrante que acaba de tirar la bandeja ante el enfado del dueño -seguro que no tiene papeles, juzga Jorge-. Hay causas que reclaman su atención, pero de manera difusa, Jorge no se siente capaz de hacer lo de Laura, que va algunas tardes de voluntaria a un piso de acogida de menores. El mundo se para en el chiringuito, queda lejos, con su política absurda, su trabajo precario y sus hipotecas eternas. Esta mañana el mundo son los amigos, la playa y una cerveza fresquita.
