Ha muerto un inmigrante en los asentamientos de Mazagón, intoxicado en su frágil chabola de plásticos. Y codiciando las mismas cosas que tú, y que yo, necesitando lo mismo que tú, y que yo, ha tenido que vivir y morir pobre como una rata. Galeano diría que sólo querría no ser pobre, pero no podíamos permitirlo. Ha pertenecido a esa clase de humanos con sus derechos ligados al horario, sólo útiles a las 8 de la mañana para que nosotros podamos conciliar y nuestras empresas no dejen de producir, pero un estorbo a las 20 h. cuando sobran en las oficinas de empleo y en la dorada puerta de nuestro hospital. Y ha muerto una persona ejemplar: capaz de resistir lluvia y frío en el campo; de andar cientos de kilómetros por trabajo; con humanidad suficiente para arruinar cualquier ley de extranjería. Y quizás ha muerto para que tú, y yo, dejemos de mirar hacia otro lado.
