Sucesivamente

La primera vez que me llegó, en una de esas cadenas del whatsapp, la campaña en contra del Impuesto de Sucesiones, me pareció un asunto lejano, una especie de pataleta de quien no quiere pagar, un gran ejercicio de agitación contra la bandera autonómica. Como pasa casi siempre en el río revuelto de la política, algunos se han dejado comprar el discurso y lo defienden con vehemencia. Luego, de forma más sosegada, te pones a pensar en las variables de esta campaña y comienza la sensación de que todo está plagado de medias verdades o de manifiestas mentiras.

 

La corriente del no pagar impuestos es muy del gusto del universo liberal, ese que dice que las personas bien podrían organizarse libremente sin la necesidad de un Estado intervencionista que regule, legisle y gestione. Y esa es una de las mayores ignominias que pueden escucharse. Para empezar, la mayoría de aquellos que se desgañitan pidiendo la desregulación y el libre mercado, corren como niños malcriados ante papá Estado cada vez que algún negocio no les sale bien. Por poner un ejemplo: sólo en el rescate de las autopistas radiales de Madrid, hechas desde la empresa privada, el Estado, o sea usted y yo, tendrá que poner más de cinco mil millones de euros para salvarlas de la ruina. El liberalismo presupone que la empresa lucrativa va a ejercer de servicio público con parámetros justos, y eso es mucho suponer.

 

Y todo esto me viene, volviendo al dichoso Impuesto de Sucesiones, a la idea de la necesidad de seguir contando con un Estado que reciba la aportación de todos, para que todos nos podamos beneficiar de bienes y servicios, como la sanidad, la educación o las infraestructuras, que de otra manera serían sólo para quien se lo pudiera costear. Cualquiera que se interese un poco, podrá saber que un tratamiento de quimioterapia, por poner un ejemplo, cuesta bastante más que todas las cuotas a la Seguridad Social que, de su nómina, le habrán retenido en muchos años de cotización, y ese tratamiento se lo administrarán, sin hacerle reproches o ponerles pegas, sólo en un hospital público.

En lugar de dejarnos llevar por corrientes, ¡estas sí que son populistas! dispuestas a exagerar los agravios, preocupémonos porque nuestras Administraciones rindan buena cuenta del uso que hacen de nuestros impuestos, ya que estos son imprescindibles para tener una vida digna. Dejemos de pagarlos y ya verán lo caro que le sale.

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Victor Rodríguez

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