Suicidas y homicidas

Le despertó el teléfono. Miró el reloj de la mesilla y se asustó: una llamada a las 4:30 de la madrugada sólo puede significar malas noticias. Era la policía municipal, para informarle que su hija había fallecido en un accidente: al parecer un coche a gran velocidad la había arrollado mientras tomaba unas copas con sus amigas en la puerta de un bar. El resto de las explicaciones no las oyó, porque en ese momento el mundo se estaba desplomando sobre él, a cámara lenta, pero de manera irreversible. Luego, ya en el hospital, un policía le dijo algo acerca de unos menores sin carné, sin seguro, y con bastantes copas de más, conduciendo a gran velocidad por el centro de la ciudad. Pero es que no tenía fuerzas ni siquiera para buscar culpables, ni siquiera para sentir rabia u odio. Tal vez mañana habría de preguntarse por los culpables, por cómo ha permitido esta sociedad hipermoderna que sus cachorros compren coches y se conviertan en locos suicidas y homicidas, por la cómplice pasividad de padres, administraciones y empresas, por lo ilógico que resulta haberse acostumbrado a ver chiquillos imberbes en coches tuneados haciendo trompos en medio de la ciudad. Pero ahora no, ahora ninguna explicación serviría, ningún culpable menguaría su dolor: el celador estaba abriendo la cremallera, y con ese sonido se le estaba partiendo el alma en dos.

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Gonzalo Revilla

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