"Tengo un portal"

Tengo un portal, dice la mujer. Como la que está hablando de un empleo fijo, como la que, al menos tiene algo a lo que agarrarse, un resquicio de luz en la oscuridad. Tengo un portal, dice suspirando, porque aspira a poco más, porque sabe que conservar el portal sería un logro, tal vez conseguir algún otro portal, eso sería el colmo de la suerte. Es su vida, la que le ha tocado vivir, una vida de trabajos mal pagados, jamás un nómina, jamás un alta en la Seguridad Social. Tengo un portal, y lo dice suponiendo que todo el mundo entiende la expresión, como “tengo un viejo” o “tengo una escalera”, alternativas laborales de mucha gente para las que un trabajo estable es algo de otra dimensión, una utopía con la que no merecen ni soñar.

¿Es cuestión de suerte, de opciones de vida, de capacidad intelectual tal vez? No. Es cuestión de oportunidades, de que a esta y a tantas mujeres y hombres nadie les puso por delante, nunca, oportunidades para estudiar, para tejer redes sociales, para labrarse eso que llaman futuro. Nacieron y sobrevivieron en entornos hostiles, heredaron la pobreza de sus padres y dejarán la pobreza en herencia a sus hijos. Son tan inteligentes como esas otras que estudiaron en un buen colegio, disfrutaron de actividades extraescolares, hicieron prácticas aquí y allí, conocieron gente, acumularon cursos para rellenar un curriculum y se engancharon, con más o menos suerte, al mercado laboral “convencional”. O tal vez no lo consiguieron, pero con una diferencia crucial: tienen opciones, tienen cartas para jugar, disponen de recursos, de colchón familiar…

Tengo un portal, dice la mujer, y uno intuye en el fondo de esa expresión una resignación profunda, una resignación que nos denuncia como sociedad, una sociedad dual, con bolsas de pobreza y exclusión social inaceptables, gente que ni en los mejores años de bonanza (o pelotazo) económica tuvieron opciones: entonces, como ahora, su aspiración era tener un portal, sobrevivir, llegar a mañana, aguantar los golpes, un día, y otro. Y otro.

No lo duden: cuestión de oportunidades. Y en estos momentos de dificultades, ahora que todo el mundo está aprendiendo esas dinámicas de supervivencia, conviene recordar que la línea de salida nunca estuvo en el mismo lugar para todos. Y que hay que bajar el ritmo y esperar a los que salieron de tan atrás, y tan cargados. Entramos en la crisis (la estafa, mejor) como sociedad dual, con 8 millones de pobres. Deberíamos aprender algo mientras dure. Y salir, ojalá, como sociedad solidaria y justa en el reparto de oportunidades.

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Gonzalo Revilla

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