Trabajo y decencia

Como mujer no me he sentido ofendida por las declaraciones de Mónica Oriol: la zafiedad de sus palabras no merece ningún comentario ni ella más publicidad gratis. Como ciudadana, sí me indigna que su modelo empresarial sea el que se vaya imponiendo desde el poder: más privatización, más precariedad, más ganancias para los de arriba y esclavitud para los de abajo. Eso es lo indecente.

La señora Oriol no está preocupada en absoluto, le da igual rectificar o no. Sabe que, aunque algunos políticos deban carraspear por fuera, la aplauden cuando nadie mira. No en vano su empresa ha salido indemne en el proceso del Madrid Arena y acaba de lograr un jugoso contrato para hacerse con la vigilancia de las cárceles. Donde antes había policías y guardias civiles ahora habrá trabajadores precarios de la Oriol. Todos hombres, por supuesto. Y eso también es indecente.

El que dice estar preocupado es el señor Antonio Ponce, que lidera a los empresarios onubenses. Según él, las empresas se marchan de aquí porque llevamos mucho tiempo hablando mal de Huelva y de la contaminación. ¿Quiere decir que los culpables del cierre de ENCE -por ejemplo- somos los que ayer salimos en manifestación a pedir una solución para los fosfoyesos? De sobra sabe él que la pura lógica del beneficio tritura cualquier pretensión de trabajo estable. Pero aprovecha para pedir silencio: si se oyen voces reclamando salud y futuro para nuestros hijos las empresas saldrán huyendo. Como en el caso anterior, más indecente que decirlo en público es practicarlo abiertamente sin ningún tipo de escrúpulos.

He pensado sobre esto a raíz de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente que promueve la Organización Internacional del Trabajo. Llevan años tratando de poner en valor ese término, y cada vez resulta más revolucionario. Trabajo decente significa, sencillamente, poner a las personas antes que las ganancias. Significa que los trabajadores puedan tener una ocupación laborar estable, que produzca ingresos dignos, que les dé seguridad y protección social a sus familias. Una utopía, pero también el único camino que nos queda para salvarnos como civilización. Por eso hay gente empeñada en caminar hacia ese horizonte: sindicalistas honestos, políticos al servicio de los ciudadanos, empresarios que creen en el bien común. Como siempre, lo decente (o indecente) no es hablar de ello. Es ponerlo en práctica.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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