Tras el alambre

EL gobierno húngaro de Viktor Orbán ha construido 175 km de alambrada con cuchillas en la frontera con Serbia, pretende evitar la entrada en su paraíso de los “indeseables” refugiados. En España igualmente tenemos alambre, con cuchillas, en la frontera con Ceuta y Melilla; pretendemos evitar que los pobres entren en masa. También hay alambres en la frontera Búlgara con Turquía; con dinero de la UE levantó Bulgaria 30 kilómetros de valla con concertinas en las localidades fronterizas de Lesovo y Kraynovo. Y en la provincia turca de Erdine, y en Calais, en Francia, donde también se levanta otra valla para blindar al imperio británico. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, vamos quedando tras el alambre, a este lado, cercándonos irremediablemente para proteger el tesoro, convirtiéndonos sin pudor en un continente cárcel.

Si seguimos la pista del alambre podemos mirar a Oriente Próximo, donde asistimos en estos días de octubre al preludio de una nueva Intifada. La denominan la Intifada de los Cuchillos, y a la hora de escribir este artículo contabilizaba ya 29 personas muertas, 25 del lado pobre de la valla, el palestino, y 4 soldados del otro lado, Israel. La policía israelí denuncia que todo empezó cuando jóvenes palestinos rompieron la verja divisoria del campo de refugiados de Al Bureij, en el centro de Gaza, y penetraron en territorio israelí; y yo me pregunto, ¿qué esperaban, que perecieran silenciosamente?

Quien construye alambradas para que los pobres del mundo se queden al margen, corre el riesgo inevitable de que alguien las rompa, empujado por el deseo de vivir. En Europa, en la vieja y asustada Europa, viviremos lo mismo, si no reaccionamos a tiempo corremos el riesgo, los de adentro, de perder nuestra humanidad matando pobres, como hace años perdió ya el estado israelí. El historiador estadounidense Revil Netz, profesor de la Universidad de Stanford, ha publicado un ensayo llamado el Alambre de púas, en el que de la mano de la evolución de la tecnología de control y el horror del alambre, renueva la interpretación de lo que es estar encerrado dentro de un territorio, o estar excluido de él. El alambre, las concertinas, usan como principal poder el dolor de la carne, lo que nos recuerda que la violencia sigue siendo el principal elemento de control en nuestra sociedad. El alambre es sinónimo de privilegio, es la frontera entre estar dentro del territorio con posibilidad o quedarse al margen, expuesto a las atrocidades del ser humano. Sin alambre, sin vallas, sin fronteras de dolor, no habría división.

alambrada

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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