Tras la valla

La imagen de los inmigrantes encaramados a la valla de Melilla, rechazados con violencia por la Guardia Civil y a expensas de los agentes marroquíes, que se revuelven duramente contra ellos, me recuerda la de aquellos combates de la Edad Media en que los asaltantes, a punto de coronar las almenas del castillo, eran rebatidos con aceite hirviendo o, sencillamente, a pedradas. Estamos convencidos de la distancia que separa nuestra civilización de la barbarie medieval. Pero al ver el vídeo, difundido por una ONG, en que la Guardia Civil baja a un inmigrante de la valla a porrazos y lo deja inconsciente, una se da cuenta de lo salvajes que podemos llegar a ser.

 

Parto de lo obvio: las llamadas “devoluciones en caliente” son eso, una salvajada, una punzada que entra por los ojos y revuelve las tripas de cualquiera. Pero las leyes que pretenden ampararlas todavía son peores: una trituradora de derechos, un vertedero de garantías personales y sociales. El Gobierno lo tiene todo a punto para dar cobertura legal a esas prácticas. Se trata de una enmienda a la Ley de Seguridad Ciudadana que a su vez reforma la Ley de Extranjería, donde se apela a la “singularidad geográfica y fronteriza” de las ciudades autónomas para convertir a una persona en  frontera. Más allá de la porra del agente de seguridad que cumple órdenes, no hay nada. Lo mismo da que Bruselas repruebe jurídicamente esta fórmula, o que las asociaciones de jueces y la propia Comisión de DDHH del Consejo de Europa hablen abiertamente de la ilegalidad en que incurre el Estado.

 

Pero la tragedia no termina aquí. La visibilidad mediática en torno a la valla encubre convenientemente circunstancias aún más tremendas. A uno y otro lado de la verja fronteriza las condiciones son infrahumanas: tanto en los bosques de Marruecos donde malviven los inmigrantes, como en los centros de internamiento, con instalaciones precarias, personal desbordado, falta de limpieza y atención sanitaria. Y, rodeándolo todo, la constante represión en la sombra: redadas en las calles, alarmante explotación laboral, acoso contra las mujeres porteadoras en los pasos fronterizos… Una violencia oculta, invisible, estructural, la peor porque sostiene todo el tinglado. ¿Qué queda? Negarnos a ser cómplices de la impunidad y el silencio, preguntar, enterarnos. No mirar para otro lado, no callar. Que lo que tenemos de humano no se quede tras la valla.

 

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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