Trescientos

¿Se acuerdan de aquellas vallas que separaban, en los estadios de fútbol, las gradas del terreno de juego? Estaban destinadas a proteger a los jugadores y -sobre todo- al árbitro del público. Las retiraron porque eran una trampa mortal. Cuando se producía cualquier accidente que obligaba al público a huir, eran muchos los que terminaban muertos o mal heridos, aplastados contra esas vallas. Alguien se dio cuenta de que era muy importante proteger la seguridad de todos, no sólo de las estrellas del deporte y hoy día no se permite que un estadio abra si no se garantiza el cumplimiento de planes que garanticen la evacuación y que prevengan incendios o accidentes que puedan terminar en tragedia.

Me gustaría que ese fuera el futuro de otras vallas, las que buscan evitar que los que huyen de sus respectivas tragedias accedan al espacio reservado para los los “privilegiados” . Ya se que el ejemplo puede chirriar pero me parece que explica bien lo que sucede con esas vallas que separan norte y sur. Gente que huye de la guerra, las epidemias, la dictadura, el hambre, la opresión… hacia aquella parte del “estadio” en la que parece que se vive mejor (y ciertamente así es) y cuando ya vislumbran esa tierra prometida a sólo 14 kilómetros se encuentran con una enorme valla que evita que puedan, por fin, ponerse a salvo, por si ese enorme foso llamado Mediterráneo no fuera suficiente.

Pero como ocurría en las tragedias de los estadios, uno no puede volver atrás, la única escapatoria es saltar esa valla (tenga o no tenga cuchillas), intentar atravesar el foso y ponerse a salvo en el otro lado, aunque pueda morir en el intento.

Cerca de 300 personas murieron en 2016 intentando llegar a las costas españolas.

Podemos pensar que eso no va con nosotros, que demasiado tenemos con resolver graves problemas como la suciedad en nuestras calles, las caquitas de los perros en los parques, la falta de cobertura móvil en algunas zonas o el indignante trato arbitral a nuestro equipo de fútbol. Nos podemos poner en plan Trump y gritar, blandiendo los datos del paro, que “los españoles primero”, pero ni eso ni el endurecimiento de las condiciones de acceso a nuestro país van a resolver uno de los mayores problemas que nos afectan como humanidad y que, yendo a la raíz del problema, se llama desigualdad. Resolvamos eso y pocos serán los salgan de su tierra encontrando, en tantos casos, la muerte.

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Javier Rodríguez

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