Un año de cinismo

Un año después del devastador terremoto, la situación en Haití recuerda mucho a la de las primeras semanas: no se ha reconstruido prácticamente nada y casi un millón de personas continúa viviendo en campamentos, en condiciones miserables. Aún hay cadáveres bajo los edificios destruidos. Buenos vehículos de las grandes ONGs, de la ONU o de gobiernos amigos recorren a diario este escenario dantesco, pero no se ve el trabajo que realizan. Las organizaciones campesinas o la iglesia de base no han podido acometer casi ningún proyecto conjunto, cada cual hace lo que puede por su lado.

Mientras tanto, el pueblo sigue sobreviviendo a terremotos sucesivos: la epidemia de cólera, el fraude en las elecciones, la indiferencia internacional. De la ayuda prometida que llenó los discursos de grandes mandatarios se ha recibido el 10%. Ni el cólera ha conseguido ya que los focos vuelvan. Y todos lo sabíamos. Presenciamos con nuestra entrada de hipocresía en el bolsillo la representación que se ajustaba al guión establecido, incluida la secuencia en que la opinión pública, muy segura de sí misma, se permitía criticar la barbarie y el caos de los “indígenas”. Sólo “nosotros” sabíamos cómo reconstruir el país.

Sí, claro que lo sabíamos, aunque vamos logrando olvidarlo. Haití está lejos, el mal olor, la escasez de alimentos, la falta de esperanza quedan lejos. Éste quisiera ser un artículo esperanzado pero no puede serlo. Porque el cinismo forma parte del traje con que nos cubrimos a diario.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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