Un banco y un nieto

Por fin el frío daba un respiro. Se sentó en su banco preferido y se puso a leer perezosamente un periódico, mientras con el rabillo del ojo vigilaba a su nieto, que disfrutaba en el parque. Así que iba alternando la indignación que le producían las noticias con la tristeza que le provocaba la situación de aquel chiquillo. Cada vez que le preguntaba por su madre tenía que esbozar su mejor sonrisa y volver a explicarle que se había marchado a la otra punta del país, obligada por su empresa, que estaba usando la movilidad como una manera de ir aligerando la plantilla. Él mismo había recomendado a su hija que no dejara el trabajo, que se haría cargo del niño, que sería por un tiempo corto… Pero la situación no había mejorado y el niño cada vez notaba más la ausencia de su madre, por mas que los abuelos tratarán de suplir la ausencia.

Y en el periódico: recortes, déficit, corrupción, deuda soberana, especulación, la crisis contada por capítulos inevitablemente derrotistas, el miedo inyectado en proporciones ingentes, en cada página una mala noticia, una vuelta más de tuerca, una evidencia más de la estafa monumental en que se había convertido el mundo. Se acordaba de aquellos tiempos en los que su generación entró ilusionaba en la democracia, “ya todo irá bien” pensaban entonces. Y ciertamente el país cambió de color. Recordaba también la inquietud con que vivió las dos últimas décadas, pensando que todo aquello era demasiado bueno, demasiado frágil. Y terminó teniendo razón.

Ahora todo está en el aire: el trabajo de su hija, su pensión, la cobertura sanitaria y educativa de su nieto. El futuro, en definitiva, se mostraba oscuro, violento. Y el presente empezaba a ser demasiado incómodo: muchos conocidos estaban en el paro, agotando los últimos ahorros, agobiados por una situación prolongada en el tiempo, sin expectativas de mejorar. Había, a partes iguales, cansancio, depresión, rabia, desilusión… Y sabía que si en algún momento algo catalizaba todas aquellos sentimientos se podía montar algo gordo. La gente siempre ha tenido un límite. Y no quería para su nieto una sociedad crispada, dividida, empobrecida. Ya pasó por eso una vez. Y no conduce a nada.

El sol le calentaba tímidamente la espalda. Era agradable. Su nieto jugaba, ajeno al mundo que se derrumbaba a su alrededor. El periódico seguía desplegado sobre sus piernas, mostrando la foto de cualquier político haciendo cualquier promesa estéril. Cerró los ojos un instante. Anheló ver el final de todo aquello, las aguas volviendo a su cauce, su hija retornando junto a su nieto, con un trabajo estable, sin tantos miedos, tantas amenazas. ¿Era tanto pedir? Sabía, en lo más profundo de su vientre, que no bastaría con pedirlo amablemente.

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Gonzalo Revilla

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