Una civilización de la austeridad

Hace unos días, al calor de las tardes bulliciosas de la Plaza de las Monjas, coincidieron un grupo de voluntarios de la Plataforma Pobreza Cero y un payaso callejero. Mientras los primeros trataban de llamar la atención de los transeúntes en una actividad de sensibilización sobre la desesperada situación en el Cuerno de África, el segundo intentaba, simplemente, trabajar; la creatividad artística, para quien puede ofrecerla a los demás y solicitar su beneplácito con unas monedas, es una forma tan digna como cualquier otra de ganarse la vida, más en los tiempos que corren. Por unos minutos, docenas de niños onubenses fueron capturados por la poderosa magia de un espectáculo circense construido con sencillez y profesionalidad, y al finalizar el acto, el payaso decidió entregar la mitad de la recaudación obtenida a sus eventuales compañeros de espacio: “He sabido que en esta parte del Norte quieren ayudar a una parte del Sur, y como yo también soy de otro Sur, quiero colaborar con ustedes, para que no haya más hambre en esos países”.

No creo que el tributo del payaso a la hucha de Pobreza Cero fuera generoso, entre otras cosas porque el público tampoco lo fue con el artista. En términos cuantitativos no podrá redimir más que una ínfima parte de la hambruna que diezma a países como Somalia, Kenia o Etiopía, pero como ustedes habrán sospechado, lo que interesa de la anécdota no es el resultado sino el gesto. De alguna forma, el payaso establecía una relación de causa-efecto entre su sencillo acto de solidaridad y la necesaria intervención humanitaria que trata de salvar de una muerte segura a tantas personas en África. También nuestros padres recurrían a la misma e incuestionable evidencia: “¡Termínate toda la comida, que hay muchos niños que pasan hambre!”: una conexión infantil sin duda, casi mágica, pero cargada de razón moral.

Esa vinculación innegable entre el derroche de una pequeña parte del planeta y la carencia de los bienes más básicos de millones de personas en países empobrecidos, es el gran reto de nuestra generación. El jesuita Ellacuría, asesinado en la matanza de la universidad de San Salvador, hablaba de una necesaria civilización de la austeridad frente a otra del despilfarro. Una propuesta ética que se traduce en la opción por una vida sencilla, que nos permita recuperar valores auténticos y que ponga también de relieve que la mayoría de personas en el mundo no pueden vivir con dignidad. La sencillez implica solidaridad con todos ellos. En un día como hoy, que se celebra el Día Mundial de la Erradicación de la pobreza, no podemos dejar de sentirnos forzosamente implicados: como en el gesto del payaso, no se trata tanto de cantidades, ni por supuesto de caridades, sino de forma de vivir.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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