Una cuestión de arrogancia

Hola a todas y todos.

Leo en el periódico lo que dice Esperanza Aguirre sobre trabajar 20 horas. Dice la inefable presidenta de la Comunidad de Madrid que poca gente trabaja 20 horas. Lo dice por los profesores de secundaria.

La Comunidad de Madrid, como todas las comunidades autónomas, tiene asumida la competencia de empleo. Y hay una consejera de empleo (al mismo tiempo, lo es de educación). La Consejera de Empleo no ha debido explicarle a su presidenta cómo está el patio laboral.

Si la señora o señorita Figar le hubiera explicado a su presidenta como anda la cosa del trabajo, quizás la inefable Aguirre sería más prudente hablando. Probablemente no, pero nunca hay que tener esperanza (vaya, me ha salido un chiste malo).

Porque lo cierto es que hay mucha genta a la que le gustaría trabajar 20 horas semanales. No porque trabajen un cerro de horas, sino porque no trabajan, o lo hacen de manera discontinua, o por unas pocas horas, o supliendo una baja, o haciendo fines de semana,… Con decir que se puede contratar a una persona por una hora, creo que la cosa queda clara.

¿Cuál es el problema de Aguirre? En realidad son varios, pero se pueden resumir en uno solo. La arrogancia.

Una vez le oí contar a Joaquín Legina una anécdota. Contaba el otrora presidente de la Comunidad de Madrid que un día recibió a un señor mayor, por una cuestión de una concesión administrativa o algo similar. En aquel momento la Comunidad de Madrid, gobernada por los socialistas, se enfrentaba al Ayuntamiento de Madrid por unos árboles que había que cortar para ampliar el metro. La concejala de Medio Ambiente del Ayuntamiento era Esperanza Aguirre. Al término de la entrevista, el señor mayor le pregunta a Leguina si su apellido, Aguirre, no le dice nada. Leguina responde que no. El hombre se echa a reir. El hombre se presentó, “Soy el padre de Esperanza Aguirre. Y le voy a dar un consejo: no se enfrente a mi hija. No hay quien pueda con ella”.

Eso le pasa a Esperanza Aguirre, que no hay quien pueda con ella. Y no porque sea un cúmulo de virtudes (solo hay que oirla argumentar). Sino que tiene la soberbia que le da el no haber tenido nunca que pasar por una oficina del INEM, o echar un c.v. por Internet, o pedir una beca, o solicitar un piso de protección oficial (y que te lo denieguen), ni otras muchas cosas que a uno le recuerdan lo frágiles que somos los seres humanos.

Esa arrogancia es heredada, claro está. Sospecho que, en algunos casos, se remota a la Edad Media, cuando en la reconquista algunos, cortaron trozos de tierra en los que no se ponía el sol. Otros hicieron el negociete con la desamortización del siglo XIX, o con monopolios o regalías en siglos anteriores. El franquismo sirvió a otros para hacerse con una patrimonio apañado.

Y con el patrimonio, se arrogaron el derecho de saber lo que es bueno, lo que es bello, lo que es útil. Por qué si no son ricos.

Lo dicho, se trata de una cuestión de arrogancia. Lo malo es que lo pagamos entre todos.

Un saludo.

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Dos Orillas

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