Una de ballenas

¡Cagón’to! Un aire acondicionado se había orinado sobre su nuca. Miró arriba y lo localizó: el tubito goteando, como tantos: ande yo fresquito, mójese la gente. Pero no quiso distraerse: venía caminando con pensamientos entretenidos: había leído lo de la ballena, y se imaginaba que por donde él paseaba, esa y tantas mañanas, nadaba, hace tres millones de años, aquella ballena. ¡Tres millones de años! Eso era mucho, le hacía sentirse efímero, diminuto, pero no era una sensación desagradable, al contrario: se sentía parte de una historia en la que él apenas era una diminuta presencia, casi anecdótica. Y sentirse así le ayudaba a relativizar muchos de los “problemas” que cada mañana lo agobiaban y le hacían caminar pesadamente. Porque al final, la vida es un suspirito, y las hipotecas, la jaqueca, el precio del pan, las averías del coche, los desamores, y, por supuesto, un aire acondicionado goteando sobre su nuca, no podían frustrar su ración de felicidad. Tal vez, pensaba, dentro de tres millones de años los seres que habiten este planeta, suponiendo que lo dejemos medianamente habitable, encontrarán el fósil de alguno de nosotros, el suyo quizás. Y esos seres habrán de imaginarse qué tipo de existencia llevaron (llevamos), cómo gastaríamos el tiempo, nuestra razones para vivir. Le gustaría que llegasen a la conclusión de que fuimos (somos) razonablemente felices. Excepto, claro, el promotor que se encontró a la ballenita.

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Gonzalo Revilla

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