Vámonos de la escuela

Las pruebas del informe PISA para alumnos de 4º de ESO coinciden en el tiempo con la primera reválida de la LOMCE, que desde hace unos días están realizando chicos y chicas de 3º de primaria en toda España. El primero se trata de un examen que se nos ha colado como una medición objetiva de la calidad del sistema educativo; es muy importante alcanzar un buen puesto en esta evaluación internacional, ya que el informe PISA viene avalado por el intachable prestigio ¿educativo? que sin duda ostenta una institución como la OCDE, siglas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (sí, han leído bien). En el caso de la reválida LOMCE, sin embargo, se habla de las protestas que estos exámenes han generado, no sólo a nivel nacional (hay autonomías, como la andaluza, que no los harán), sino por parte de AMPAS, sindicatos y centros escolares.

Llama la atención esa diferencia en cuanto a la percepción social de ambas pruebas: todo el crédito que le sobra al informe PISA, todos los lamentos por los malos resultados que cosechan nuestros estudiantes en este ránking internacional, se vuelve rechazo y contestación en el caso de la reválida española. Lo primero que hay que decir es que la una es consecuencia de la otra: a PISA se debe el incremento de este tipo de pruebas cuantitativas que etiquetan a estudiantes, profesores y al propio sistema. De hecho, las políticas educativas de muchos países, incluido España, parecen estar siendo diseñadas para escalar puestos en este escalafón.

Pero a todo esto, ¿qué pretenden estas pruebas de evaluación externas? ¿Qué es lo que cuantifican? El objetivo de la OCDE no es otro que maximizar el crecimiento económico según parámetros neoliberales; dicho claramente, el informe PISA mide hasta qué punto el sistema educativo se orienta hacia lo que manda el mercado. La evaluación por competencias diseñada por la LOMCE pretende justamente eso, sustituir los saberes por elementos que puedan ser medidos y cuantificados, y sirvan, por ejemplo, para contratar a la carta. Se estrecha el cerco sobre lo que debe ser enseñado y aprendido, se establecen categorías entre las materias, y los docentes se convierten -aún más- en meras correas de transmisión de intereses puramente instrumentales. Deberán elegir entre evaluar o educar, y es una decisión dura. Duele que para abonar el pensamiento crítico haya que irse fuera de la escuela. Pero de eso trata todo esto.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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