Veneno invisible

Siento un sobrecogimiento enorme cuando veo las imágenes de Chernóbil. Esas ciudades apresuradamente abandonadas, esos columpios oxidados, ese aire plomizo, esas caras tristes, esos niños sin pelo… La contaminación nuclear es algo extraño, no se ve, no se huele, ni se siente, pero está ahí. Destruye rápidamente cualquier tipo de vida, y, lo más inexplicable es que sus efectos subsisten durante siglos. No hay guerra ni hambruna comparable a semejante desgracia.

Es España, la energía nuclear ha sido minoritaria, pero no residual, la tenemos ahí. Ahora que la más antigua Central cierra, la de Zorita, vemos cómo en su comarca permanecerá una instalación que ya no generará apenas beneficios (no habrá trabajadores ni actividad, sólo un personal mínimo de mantenimiento), pero sí un enorme potencial de contaminación, muy poco atractivo para la inversión y diversificación económica.

No voy a entrar en comparaciones más o menos odiosas, pero ambos casos son, en los dos extremos, exponentes de una misma realidad: que la energía nuclear no es segura y que una industrialización sin alternativas no es futuro para nadie.

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Victor Rodríguez

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