Viajeros: turistas y refugiados

Es verano. Mucha gente viaja, los aeropuertos se llenan, las estaciones se llenan, las autopistas se llenan. Se hacen cientos de miles de kilómetros, buscando lugares remotos, exóticos. Seguro que cada uno de nosotros conocemos a alguien que anda en algún lejano rincón del planeta ahora mismo. El capitalismo, además, ha agudizado esa curiosidad innata del ser humano de conocer mundo, ha “democratizado” (supongamos que esa palabra se ajusta) el viaje, lo ha hecho asequible a mucha gente. Es verano: millones de personas se desplazan, pero en otras claves muy distintas, arrastran un puñado de pertenencias y a sus familiares supervivientes de la tragedia de turno, y huyen. Huyen de la guerra, o del hambre, o de ambas cosas. Y deambulan durante años saltando fronteras, atravesando desiertos, endeudándose un poco más, dando explicaciones a policías de distintos países, rellenando papeles, huyendo, buscando, huyendo…

Turistas y refugiados, viajeros ambos. Pero mientras unos son bien recibidos, y apenas han de entregar el pasaporte al policía de turno, los otros se van dejando detrás su vida, y cada frontera es infranqueable, y cada país un reto. Proyecto migratorio, lo llaman. Y hay uno por cada inmigrante que llega a nuestro país, a nuestra ciudad, a nuestro barrio. O por cada uno de esos cientos de miles que están encerrados en esos infames CIES, o malviviendo en una chabola en las periferias.

No hago este paralelismo para aguar la fiesta a nadie, no se trata de culpabilizarnos por poder viajar, por tener un pasaporte que nos permite cruzar la frontera sin miedo. Pero tampoco deberíamos abusar de la ingenuidad, pretender que nada de esto esté pasando. El mundo funciona así, está funcionando así: es dramático para un montón de personas, millones de refugiados por todo el mundo, huyendo de horrores que ni imaginamos. Y es injusto, porque deja un montón de oportunidades a un lado, mientras las niega sistemáticamente al otro.

Pero que el mundo funcione así no significa que tenga que seguir funcionando así. Es posible cambiarlo y, dada la extrema gravedad de las injusticias, urge empezar cuanto antes. Es verano: la gente viaja, pero en condiciones tan distintas que parece una locura. Los unos, los que tenemos las oportunidades de nuestro lado, tendremos que hacerlo sin tantos excesos, y con una mirada más generosa, comprensiva, inteligente. Los otros, los que son privados de casi todo, deberían encontrar al final de sus largos viajes unas fronteras permeables, vecinos acogedores y legislaciones integradoras. Eso es lo lógico, eso es lo humano, eso es lo que tenemos que hacer.

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Gonzalo Revilla

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