Voluntad doblegada

Veía el noticiero sólo por disciplina, por mantenerse medianamente informado de lo que ocurría más allá de su pueblo. Se cortó un trozo de queso y se recostó contra su viejo sofá. En la tele se mezclaba la boda de Fernando Alonso, con comentarios insulsos de deportistas y con la manifestación del PP contra el diálogo con ETA. Todo bien mezclado, listo para desinformar a cualquiera. En fin. En cualquier caso aquello de ETA le preocupaba y lo irritaba a un tiempo. No sabía mucho de política, pero sí de muertos. La guerra civil le dejó más familiares muertos que vivos. Él no llegó nunca a inclinarse por unos ni por otros: se pasó la guerra y la posguerra pidiendo con todas sus fuerzas que lo dejaran en paz, que lo dejarán con su huerto, con sus bestias, con su partida los fines de semana. No era un hombre de banderas, ni antes ni ahora: era un hombre de paz, y basta. Y aunque aquello del conflicto vasco le caía lejos no le parecía descabellado negociar con indeseables, si con eso terminaba la muerte. Pero claro, también estaban las víctimas, y algunos estercoleros políticos, y la unidad de España, y los nacionalistas de uno y otro lado, y las insultantes risotadas de los asesinos tras los cristales, y el cinismo, y todo lo demás. Y así todo parecía muy complicado, muy lejano. Él era un hombre de paz, y sabía que la mayoría de los hombres y mujeres de su pueblo y de cualquier pueblo del mundo también lo eran. Le cabreaba mucho pensar que cuatro tipejos con ganas de guerra doblegaran la voluntad de tantos otros.(

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Gonzalo Revilla

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