¿Y ahora qué?

Isidoro Moreno, catedrático de antropología Universidad de Sevilla y miembro de la Junta Directiva de la APDH-A reflexiona sobre la situación en torno a ETA, el proceso de paz, la realidad de Euskadi en este artículoEl brutal atentado del día 30 en el aeropuerto de Barajas ha dinamitado la ocasión ?que parecía más propicia que las anteriores? de avanzar en el ?proceso de paz? y hacia la desaparición de ETA.
Quizá lo primero a subrayar sea que el hecho ha producido, sobre todo, desorientación. El Gobierno quedó descolocado, muy poco después de unas optimistas y, quizá, poco prudentes declaraciones del presidente. Lo mismo le ocurrió al Gobierno vasco y a la casi totalidad de los partidos. Incluso dirigentes de la ilegal Batasuna confesaron públicamente que ?no se esperaba?, indicando impúdicamente que su sentido ya lo aclararía ETA. Sólo el PP y sus adláteres parecieron no sorprenderse, sin duda porque fortalecía la posición que habían venido manteniendo, desde el instante en que aquella declaró el ?alto el fuego permanente? el pasado marzo, con el objetivo de desprestigiar a Zapatero al que siguen considerando un usurpador.
Pero, más allá de estas evidencias, lo fundamental es preguntarnos ¿y ahora qué? Para la ultraderecha y los sectores más conservadores del nacionalismo españolista, así como para los jacobinos dentro del propio PSOE, la respuesta es simple: policía y cárceles hasta que no quede nadie de ETA en la calle y aislamiento total y represión hacia la izquierda abertzale. Una medicina, administrada tanto por la dictadura franquista como por los sucesivos gobiernos de la Monarquía, que se ha demostrado repetidamente insuficiente. Por supuesto que las fuerzas de seguridad y los tribunales deben cumplir con sus funciones, pero no olvidemos que el terrorismo político sólo se debilita si, además de actuar con firmeza, se posee flexibilidad y, sobre todo, se garantiza que cualquier reivindicación es legítima ?se comparta o no? siempre que sea planteada por vías pacíficas y debe poder hacerse realidad si es apoyada por una mayoría de ciudadanos.
Para quienes creemos que no es cierto que todos los terrorismos sean iguales políticamente ?aunque sí que todos ellos son igualmente condenables?, la cuestión es más compleja. De lo que se trata es de cómo actuar para conseguir su desaparición y el establecimiento de una paz justa. Deberíamos partir de que en cualquier conflicto, interpersonal o entre grupos, no puede cerrarse para siempre jamás la perspectiva del diálogo ?que puede o no conllevar negociación, según los casos y situaciones?.
Para el caso vasco, es ya hora de denunciar con claridad dos falacias que constituyen los pilares de sendos fundamentalismos: la falacia de que cualquier medio, incluida la violencia terrorista, es legítimo para conseguir el objetivo de la independencia de una nación sin Estado, y la falacia de que el futuro de un pueblo debe decidirse fuera de éste; aquí no sólo por la voluntad democráticamente expresada de los ciudadanos y ciudadanas vascos, cuando haya desaparecido el chantaje de la violencia, sino también por los catalanes, los madrileños, los murcianos, los andaluces, etc. Desde cada una de estas dos posiciones dogmáticas sólo cabe la imposición violenta ?física y/o judicial? sobre los contrarios. Ambas son posiciones que violan los derechos humanos: individuales ?el derecho a la vida? o colectivos ?el derecho de los pueblos a decidir su futuro. La inercia asesina de ETA la ha llevado a matar de nuevo, muy probablemente sin que ése fuera su objetivo. Puede que ?sólo? buscara hacer una demostración de fuerza. Pero no caben eximentes, porque cientos de toneladas de explosivos son siempre una apuesta por la muerte. Es claro que no cabe ahora acuerdo alguno con quienes no condenen el atentado no sólo como crimen injustificable sino como error político gravísimo. Pero la propia desorientación actual de buena parte de la izquierda abertzale podría ser aprovechada para impulsar la suspensión definitiva de la violencia. La tragedia de Hipercor de Barcelona, con sus más de veinte muertos, supuso hace años la rápida desaparición de ETA político-militar. ¿Por qué el atentado de Barajas no podría significar algo parecido respecto a ETA militar? Empujar a quienes apoyan el independentismo ?que no necesariamente el terrorismo? para que formen piña con los descerebrados de ETA sería otro enorme error que podemos pagar todos, durante años, en nuevas muertes y nuevos sufrimientos. La indignación no puede cegarnos la inteligencia. Ni debilitar la firmeza para desoír a aquellos que tratan de convencernos de que ?contra ETA vivimos mejor?. Porque esto no es cierto: vivirán mejor ellos, sacando rendimiento electoral a las bombas y a los muertos. Los demás ?que somos casi todos? viviríamos mejor sin ETA, con los conflictos políticos planteados a través de las palabras y en las urnas. Aunque los resultados democráticos pudieran no gustarnos.

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