Yo quiero volver a ser Africano

Buenas.

Mi abuelo Torres, el materno, era un señor grandote y gordo, calvo y silencio. Apacible. A pesar de su volumen, podría pasar desapercibido, formar parte del mobiliario o del paisaje. De hecho, en la España rural que le tocó vivir, no tenía ni apodo.

Lo que sí tenía era unas tierras propias (pocas) y algunas arredendadas (algunas más). Y una capacidad de trabajo sobrehumana. Lo cual le convertía en un pequeño campesino independiente que, cuando llegaba la siega o la aceituna, contrataba algunos jornaleros. Pagaba por encima de lo que pagaban el resto de los propietarios de tierras, además pagaba la comida,.. no era porque hubiera leído nada de la Doctrina Social de la Iglesia, ni de Marx o Bakunin. Supongo que se dio cuenta de que si pagaba más, la gente trabajaba mejor y nunca le faltaban trabajadores.

El caso es que mi abuelo Torres solo salió del pueblo tres veces. Una en 1938, cuando el ejército de la República decidicó que lo ser hijo de viuda no era escusa para no ir a la guerra. Supongo que lo de tener tres hijas pequeñas no era tampoco escusa.

Mi abuelo hizo la guerra, por decirlo de alguna manera, en el frente de Madrid, en la cuesta de la Reina. A mi abuelo le enseñaron a manejar una ametralladora rusa y, metido en una zanja, se pasó un año. Por lo que cuenta, no usó demasiado la máquina. De vez en cuando una ráfaga para recordarle a los nacionales que estaban en guerra, con la correspondiente devolución de saludo por parte de la trinchera contraria. Una guerra apacible., hecha a la medida de mi abuelo, Lo del Ebro, Teruel, Belchite, Brunete, la Casa de Campo y demás gestas gloriosas, se lo dejó a mi abuelo Ortuño, que tenía más madera de pringao.

Las otras dos veces que salió del pueblo fueron para ir a ver a sus hijas, a las que vivían en Valencia y a la que vivía en Madrid (mi madre). Sea porque con lo de la guerra decidió que el mundo no merecía la pena verse, o porque lo único que merecía la pena verse fuera del pueblo, sus hijas, ya iban todos los años a verle, no volvió a salir del pueblo. 83 años pasados en los estrictos límites geográficos de la provincia de Jaén. Precisando, en la comarca de la Sierra de Cazorla y de la Loma de Úbeda.

Si mi abuelo era parco en viajes, no menos parco lo era en palabras. Yo recuerdo haberle oído hablar no más de una docena de veces. Ocho veces, conversaciones referidas a la agricultura y a la vida en la campo. Eso, en respuesta al nieto curioso, preguntón e inistente que era yo. Otra vez, para recordando una noche de agosto de 1936, cuando un grupo de milicianos del Frente Popular fueron a buscarlo al cortijo para intercambiar algunas palabras y dar un paseo. Afortunadamente, la cosa se quedó en la conversación (al final lo de pagar más y ser un poco más humanitario que la media resultó útil). Dos veces me explicó, con un grado de detalle propio de un manual de instrucciones, el funcionamiento de su compañera de trinchera, la Maxim-Shokolov de fabricación rusa. Pero como el abuelo ya no tenía la mente muy clara, me las contó una vez detrás de la otra.

Las otras dos veces que oí hablar a mi abuelo, fueron breves, y no creo que en ese momento nadie le entendiera. Una ocurrió cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía de Andalucía. Había fiesta en el pueblo y alguien le preguntó al abuelo que si no se alegraba, que había ganado el Sí en el referendum y que los andaluces ya tenían Autonomía. Mi abuelo contestó, literalemente, “yo soy de Jaén”. Lo mismo pasó cuando España entró en la Unión Europea. La misma situación, la misma respuesta: “yo soy de Jaén”.

Todo esto para decir que, en vista de que hemos perdido la soberanía nacional a manos de los bancos y las agencias de rating (otra forma de piratería, como la de los derechos de autor) y de esa entelequia lejana llamada Unión Europea, y harto de padecer nefastos gobiernos autómicos de Gallardón y Aguirre, yo quiero que me dejen tranquilo.

Quiero que África vuelva a comenzar en los Pirineos (creo que a los portugueses tampoco les importaría demasiado) y que, de pertenecer a alguna coalición de Estados, formemos parte de la Unión Africana.

Y, por Dios, que se acabe el verano del 2011, y gane ya el PP, para poder decir que me joden los de siempre. Al menos ellos lo hacen adrede.

Un saludo.

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Dos Orillas

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