Zancadillas caprichosas

No le gustaba su vida. Nada. Se odiaba a veces. Pero no podía salir del maldito pozo en que se había metido. La vida le golpeó muy fuerte, y él resistió mal lo envites, empezó a beber, y ahora no era capaz de pasar un día sobrio, ni uno sólo. Era un residuo de sí mismo, sin voluntad, cliente habitual de comedores y roperos sociales, durmiendo en parques y cajeros, agarrado a un cartón de vino como si de una tabla de salvación se tratase. Ojala pudiera salir al flote, recuperar la dignidad y la autoestima. La gente lo culpa por ser lo que es, reconoce el desprecio en las miradas, no les gusta que pasee cerca de sus hijos, o que se siente en su portal a descansar. Pero la gente no sabe los golpes que recibió, no sabe lo cruel e injusta que puede ser la vida a veces. Lo juzgan para evitar tener que identificarse con él, entender su drama. Porque entonces ha de asumirse que la vida de ese transeúnte alcoholizado podría ser la de cualquiera, tan sólo se precisan un par de golpes de mala suerte, una experiencia traumática, un zancadilla caprichosa. No somos tan distintos, quizás sólo en los golpes recibidos. Poco más.

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Gonzalo Revilla

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