«Zaragate»

Es una palabra tan sonora en su fonética como en su definición: “persona despreciable”. Existe la palabra porque existe gente así: despreciable, capaces de hacer daño por pura diversión, envidiosas y mezquinas, violentas, intrigantes… También es verdad que mucha gente es propensa a colocar adjetivos como estos al primero que se le cruza, y todo el mundo le parece despreciable. Pero eso tampoco es cierto: por norma, la mayoría de las personas son razonablemente apreciables, bondadosas y tratables. De lo contrario el mundo sería inhabitable. Luego está lo de la convivencia: el encaje que haya entre unos y otros, los desencuentros inevitables, el reparto de afectos y desafectos. Pero nada de eso hace despreciables a unos y otros, claro, sólo pone de manifiesto lo complicado que resulta convivir y la cantidad de aristas que tenemos. Y volviendo al principio: hay un pequeño número de gentes, vecinas o ajenas, que son despreciables, porque sus actos y sus comportamiento así lo confirman. Son gente no apta para vivir en sociedad, que deforma o envenena las relaciones, que insulta, agrede o mata. Pero que unos pocos señores no nos quiten la confianza en el resto de la peña: somos apreciables, casi todos.

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Gonzalo Revilla

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